La muerte convertida en show

“Para manipular eficazmente a la gente, es necesario hacer creer a todos que nadie los manipula”. (John Kenneth Galbraith)

Este lunes, tal como era previsible, periódicos, noticieros y espacios de farándula  en Ecuador se dedicaron a hablar de la muerte de la cantante popular Sharon, La Hechicera.  Decidí ver un programa llamado Baila la noche, en Canal Uno, estación en la que trabajó la ahora difunta y que encontró en este fallecimiento la llave para cerrar la puerta del buen gusto y el sentido común.

Sharon supo posicionarse en el grupo que ella quiso: el popular.  Su interés fue llegar a las masas y lo consiguió.  Y es ese público el que ha llegado hasta los lugares donde ha sido velado su cuerpo y, seguramente, se hará presente en su sepelio en las próximas horas.  Y son estas personas las que aparecen dando declaraciones ante preguntas sin sentido y sin rumbo que hacen los reporteros de estos espacios televisivos. (Me ha costado escribir la palabra reportero)

Siempre me ha parecido conmovedor -y digno de estudio- ver cómo los fanáticos  que quizás nunca tuvieron un contacto directo con un artista demuestran afecto y hasta dolor ante un hecho como este.  A Sharon la despiden como su ídolo y se entiende porque ella fue alguien como ellos: con limitaciones económicas, nacida en un cantón con pocos recursos, con sueños de reconocimiento público y todo aquello que puede dar una carrera artística.

Lo que no se entiende es la forma en la que el espacio de televisión antes mencionado pretende rendir “homenaje” a la cantante.  Un programa sin una estructura evidente, sin un guion definido, con presentadores que hacen comentarios vacíos que no llevan a nada, con presentaciones de cantantes cantando muy mal (desde mi punto de vista Sharon cantaba mal, así que no sé si la intención era ir a tono con aquello), con bailarines haciendo coreografías ridículas, con entrevistas a la hija, madre y hermana de la difunta haciéndoles preguntas vacías, mal planteadas y que, dadas las circunstancias, se tornan insensibles, pues es notorio que el único objetivo es poder decir más tarde que tuvieron declaraciones de la familia.  A esto hay que añadir la actitud del reportero (cómo me duele usar este término) que parecía que se encontraba recogiendo declaraciones en un concierto y no en un velatorio.

¿Estas son las cosas que la gente quiere ver? No, son las cosas que ve porque no le dan nada más.   Es lo que recibe con tanta frecuencia y con tanta naturalidad que se convierte en normalidad y es la razón de comportamientos que después los mismos miembros de esos programas condenan: faltas de respeto, exigencias de masas enardecidas, violencia…

No dudo de que algunos o todos los presentadores de dicho programa, en mayor o menor grado, se hayan sentido afectados por la muerte de la artista que, según ellos mismos comentaron, fue su compañera de trabajo y amiga.  Pero quizás por amistad, compañerismo, respeto o simple sentido común deberían analizar la mediocre calidad de contenido y los pobres recursos audiovisuales que ofrecen.  Y también recordar que pararse frente a las cámaras con caras tristes, vestidos de negro y blanco, y repitiendo las mismas frases una y otra vez para exaltar a una persona no es suficiente.  Y no es justo.  Para nadie.

El corolario de todo esto: tras finalizar el programa dejaron a un grupo haciendo una coreografía del Ave María.  “Perfecto” tema para despedir a una cantante tropical.   Sí, la muerte convertida en show.  Y un show absurdo.

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